viernes, 26 de septiembre de 2008

Comunicación Médica II

Por Fernando Marino Aguirre

Roberto Fontanarrosa (1944-2007), un brillante escritor argentino, nacido en la ciudad de Rosario, escribió un cuento al que tituló “Un hombre de carácter”. En el texto describe las vicisitudes del irascible tío Julio que, acompañado por su sobrino, se enfrenta a diversas situaciones en las que reacciona violentamente para luego llamarse a la reflexión. En uno de esos encuentros, el tío Julio se enfrenta a un profesional de la salud, que es el tema que nos ocupa:

La segunda oportunidad fue en un ambiente más recoleto, más circunspecto, que no hacía pensar que podía convertirse en el entorno adecuado para originar un despelote. Por la circunstancia, además. -Acompañame al médico, Alfredito –me pidió tío Julio unos veinte días después del episodio del semáforo. -¿Andás jodido? –atiné a preguntar. -No. Es por Ana. No sé bien qué tiene. Quiero hablar con el médico para que me cuente, sin estar Ana presente. Le pedí turno. Se lo veía preocupado. El tiempo le iba a dar la razón para estarlo. El médico nos atendió tras media hora de espera. -El es mi sobrino –me presentó Julio-. Una maravillosa persona, de mi más plena confianza. Por eso me tomé el atrevimiento de traerlo. El médico me ignoró. Yo, pese a los conceptos de Julio, me sentía un intruso. -¿Es serio, doctor? –preguntó Julio, luego de que el médico, con una fría cordialidad, le explicara algo referido al mal funcionamiento de los riñones de Ana.
-Es serio. Es serio. -¿Es curable? -Es curable. Es curable. El doctor decía todo dos veces por si no se entendía. -¿Hay un tratamiento para eso? –preguntó Julio. Ansioso, estaba casi apoyando el pecho contra el escritorio del médico y jugueteaba con su mano derecha con uno de esos entretenimientos plásticos que regalan los laboratorios. -Hay un tratamiento. Hay un tratamiento. -¿Y es efectivo? -A veces sí. A veces no. Julio se quedó estático, como una víbora observando su presa, y detuvo el jugueteo con el regalo del laboratorio. Intuí que dentro de él estaba creciendo, trepando, subiendo, efervescente e incontenible como la lava a punto de saltar en erupción, una bronca negra y reconcentrada. -Usted me dice... Usted me dice... –advertí que procuraba calmarse, Julio-, usted me dice que el tratamiento a veces da resultado y a veces no da resultado...
-Es así. No hay enfermedades, hay enfermos. -Eso es como si yo le preguntara a usted... –Julio no quitaba los ojos de los ojos del médico y podía decirse que sonreía- si un perro es amaestrado y usted me dijera que si. Entonces yo le preguntara si muerde y usted me dijera: “A veces sí y a veces no”. El médico frunció el ceño, algo confuso. -Lo que quiere decir, doctor –Julio empezó a levantar gradualmente la voz-, que ese perro, ese perro no está amaestrado un carajo. Porque si a veces se le cantan las pelotas de morder y a veces no se le cantan las pelotas, no está amaestrado un carajo, doctor: ¡ese perro hace lo que se le canta el culo!
-Escúcheme, Rodríguez –intentó apaciguarlo el médico, algo alarmado. -¡Usted me dice que es una enfermedad controlable –siguió Julio, ya completamente fuera de sí-, pero que el tratamiento a veces es efectivo y que a veces no tiene el más puto dominio de la enfermedad! -Rodríguez, Rodríguez... La medicina... -¡La medicina un carajo, mi viejo! ¡Lo que pasa es que ustedes son una banda de hijos de mil putas que no saben un soberano carajo de estas cosas! ¡No saben una mierda y no quieren admitirlo! ¡Terribles hijos de puta que lo único que quieren es afanarle la guita a la gente! ¡Ladrones! ¡Mercachifles de la ciencia! Se había parado y yo le tironeaba vanamente del saco para que se calmara. El médico también se puso de pie, pálido, tomando prudente distancia. -¡Soltame, carajo! –me ordenó-. ¡Yo vengo a preguntar sobre lo más sagrado que tengo -clamaba Julio- que es mi señora, y tengo que oír a este hijo de remilputas engañándome con que tienen un tratamiento para curarla pero que a veces da resultado y a veces no, lo que me confirma que no tiene la más puta idea de lo que habla, matarife repugnante!
Se abrió la puerta de golpe y apareció allí otro médico alto, joven y robusto, mirando hacia adentro con gesto torvo e inquisitivo. Había escuchado los gritos de Julio, por supuesto, como debían haberlo oído todos los seres humanos en dos cuadras a la redonda. -¡Acá los tenés! –Julio, sin achicarse, me señaló al aparecido, triunfante-. ¡Acá los tenés, protegiéndose unos a otros como los mafiosos, apenas se sienten atacados! ¡Chacales, lacras humanas, tapándose las cagadas unos a otros, ocultando las operaciones que hacen al pedo donde le sacan el hígado al tipo que fue por el apéndice y le operan una rodilla al que vino por el oído! ¡Estafadores hijos de mil putas, ladrones! Tío Julio seguía gritando cuando lo sacaron a la calle entre cuatro enfermeros y dos enfermeras que trataban de calmarlo hablándole dulcemente, bajo la mirada despavorida de los pacientes que aguardaban en la sala de espera.
Pude entrever en el tumulto, incluso, a una enfermera mostrándole una jeringa a un médico con mirada interrogante y recibiendo la negativa del médico con la cabeza. Ya afuera, en el auto, tío Julio tardó casi diez minutos en controlarse. -Perdoname, Alfredito, perdoname –me dijo luego (debió haberme visto demudado)-, pero es la salud de Ana y yo no puedo permitir que me vengan con pavadas, con inventos, con fantasías... Prefiero que me digan: “No sabemos, señor, no tenemos ni la más pálida idea de lo que se trata”. Pero... bueno... hacen lo que pueden... –y agregó, repentinamente tolerante-: Es buen médico este Carranza, serio, estudioso... Es buen médico..."

En primer lugar, deberíamos evitar la tentación de matar al mensajero. La literatura suele ser un reflejo de la realidad y de las percepciones que los seres humanos tienen sobre ella. En segundo, procuremos pensar en el porqué de esa mirada y qué es posible hacer para revertirlo.

Con la verdad no ofendo ni temo (pero puedo herir)

La máxima del uruguayo José Gervasio de Artigas, muchas veces ha sido utilizada para escudarse luego de golpear duramente con palabras a alguien. La “honestidad brutal” sería su versión más contemporánea y actualizada. No hay dudas de que la verdad debe ser la guía de las acciones del género humano y más aún para quienes tienen en sus manos la salud y la vida de sus congéneres. Pero no debemos perder de vista que la comunicación no sólo es contenido sino también forma.

Y a esto último debemos prestar especial atención. Porque cuando se enfrenta a situaciones extremas, las personas -en general- no están en condiciones de percibir racionalmente el contenido comunicado y sólo percibirán la forma que asumió ese contenido.

Estos elementos pueden dar una idea de la complejidad que asume la Comunicación Médica. Pues convive con situaciones extremas y la formación de los profesionales de la salud parece asumir que las personas portan esa capacidad comunicacional en forma innata, habida cuenta de que brilla por su ausencia en el actual esquema educativo (más allá de que alguna universidad aislada haya incorporado como asignatura “Comunicación Oral y Escrita”, sin ninguna vinculación con el tema que estamos abordando).

¿Cómo hace un médico para comunicarles a los padres de un bebé que su hijo padece una enfermedad incurable y que su expectativa de vida es más que reducida? ¿De qué manera se le informa a una joven pianista que es necesario amputarle un brazo después de un accidente? ¿Qué palabras buscar para informarle a una mujer que es estéril? ¿Cuál es la forma para decirle al único sobreviviente de un choque de automóviles que el resto de su familia ha muerto?

El profesional apelará a su experiencia técnica, a lo que fue adquiriendo con la práctica diaria, a lo que recibió de sus maestros (también construido empíricamente). Puede ser que se escude en una cantidad de tecnicismos y terminologías científicas para poner distancia con la situación y termine construyendo un discurso incomprensible para los interesados. Tal vez olvide incorporar algo fundamental a la hora de la comunicación: la percepción de ponerse en el lugar del otro.

Puede argumentarse con justa razón que el mismo dolor, desconcierto, temor, angustia, que viven los pacientes y sus familiares, también lo viven los profesionales de la salud. Sin embargo su rol y posición profesional impone realizar un esfuerzo adicional.

Por otra parte, es interesante rescatar de esta historia el estereotipo que se ha difundido en la sociedad respecto del espíritu de cuerpo reinante en el mundo de la medicina o, como diría el tío Julio, “protegiéndose unos a otros como los mafiosos”. Mitos urbanos, construcciones mediáticas, y otros elementos adicionales (algunos reales) son los que han alimentado esa imagen. Con el agravante que en la actualidad los pacientes están mucho más informados (más allá de que buena parte de esa información sea errónea; el paciente la asume como veraz) sobre la realidad médica, el papel de los laboratorios, las patologías que los afectan, el efectos de los medicamentos, etc.

Ahora bien, sería posible continuar con una larga enumeración de reflexiones generadas por la lectura del texto de ficción que presentamos. Y cada lector elaborará las propias. Pero abordemos ahora de qué manera se pueden encarar estas situaciones hacia delante.

Entre las alternativas de formación y desarrollo comunicacional básicas a encarar podemos enumerar brevemente las siguientes:

Comunicación Médico/Paciente: incorporar habilidades de escucha y percepción de las vivencias del paciente y su entorno. En forma complementaria, generar foros de intercambio de experiencias para potenciar los conocimientos empíricos de cada agente sanitario. Por último, abordar transdisciplinariamente los procesos comunicacionales, de manera tal de generar un modelo de comunicación médica específico, que dé respuesta a la complejidad que tiene esta temática.

Media Coaching: cada vez más son las situaciones en las cuales los profesionales de la salud (por muy diferentes causas) deben realizar intervenciones en los medios masivos de comunicación. Esas situaciones deben preverse y entrenarse, de manera tal de llegar hasta las audiencias de esos medios con el mensaje que efectivamente se desea transmitir. También, resulta clave contar con un conocimiento actualizado acerca de al Agenda de los Medios Masivos de Comunicación donde cada vez más circulan con impunidad recomendaciones elaboradas por supuestos expertos, que los pacientes toman como verdad revelada. Esos temas configuraran en muchas ocasiones el background con que el paciente concurra a la consulta y es indispensable estar al tanto para poder dialogar y revertir informaciones tendenciosas o deformadas.


Estos son solamente algunos de los planos de la comunicación que sería conveniente que abordaran los profesionales de la salud. La intención de plantearlos aquí no es cerrar el universo de posibilidades, sino todo lo contrario: estimular el debate sobre los múltiples requerimientos a los que cada profesional debe responder para desarrollar sus habilidades comunicacionales a la par de su expertise médico.