jueves, 19 de julio de 2007

Opinión Pública V

Por Gisela Denise Wisniacki

"(…) de ahí la supuesta indiferencia de la India cuando dijo 'casi me arrastra la huahua', y de ahí también nuestra protesta. Ella cree en los dioses, y nada dice, y nosotros creemos en la libertad, y protestamos. Pero aquí cabe una pregunta clave: ¿estamos realmente libres? ¿carecemos totalmente de un asombro original? ¿Nunca más querríamos volver a creer en los dioses? Cuando caminamos por las calles de nuestra gran ciudad y oímos un tremendo ruido a nuestras espaldas, en seguida nos damos cuenta y comprobamos la causa. ¿qué pasó en ese lapso de tiempo que transcurre entre el ruido y la comprobación? Pues un asombro original. Un choque impotente tiene algo de apocalíptico. ¿Qué no diremos de un incendio, la sirena de los bomberos, el chorro de agua, el humo, el público que se arremolina y esa tremenda fascinación que campea a todos?"
Rodolfo Kusch (Indios, Porteños y Dioses)

No sólo la palabra sino ahora también la conciencia individual del hombre comienza a adquirir autonomía propia. Si los griegos fundaron un espacio público en el cual los ciudadanos se reunían en la Plaza Pública para "sobresalir" y alcanzar la gloria y la fama, los burgueses son, ahora, 'personas privadas' y su objetivo en cuanto al uso del espacio público es absolutamente otro: una función moral (mantenimiento de la cohesión) y una función tribunal (crítica y contralor del poder). La 'pureza' que mantenían las dos esferas en la Grecia Antigua comienza a contaminarse.

Hannah Arendt explica este cambio de una manera clara. J. Ferry, dice que Arendt “establece un paradigma con la misma vara con que se podría medir aquello en que, llegado el caso, los modernos habrían fallado al privilegiar la esfera privada de la conciencia para fundar una nueva libertad, libertad ‘individualista’ y profundamente ‘privada’, sobre la cual, hace dos siblos, intentaron constituir un nuevo espacio público (1). También Habermas cita a Arendt en este contexto: “La sociedad es la forma de vivir en común en la que la dependencia del hombre respecto de su igual tiene lugar por amor a la vida misma, y ninguna otra cosa llega a alcanzar relevancia pública; y en la que, como consecuencia de ello, las actividades que sirven sencillamente al mantenimiento de la vida no sólo se manifiestan públicamente, sino que están llamadas a determinar la fisonomía del espacio público” (2).

El devenir de la historia produce las condiciones necesarias para que aparezcan seres como Montaigne, John Locke, David Hume y Jean Jacques Rousseau. Con ellos, la moderna dimensión de ‘lo público’ comienza a tomar forma.

La Verdad (Alétheia) configuradota de un cosmos toma una viraje a través de la historia y muya a una Verdad relativa (3): “Qué clase de verdad es la que está limitada por montañas y se torna mentira al otro lado de esas montañas? Si las montañas pueden poner límites a la “verdad”, la opinión debe tener un aspecto social y su reino unos límites rigurosos”, dice Montaigne y sobre esta base instaura, quizá sin saberlo, la piedra angular de la publicidad que vendrá: “El hombre sabio debe retirar la mente internamente de la muchedumbre vulgar, y conservar esa misma libertad y poder de juzgar libremente sobre todas las cosas; pero, en asuntos externos, debe seguir estrictamente las modas y formas recibidas de la costumbre”.

Mientras Locke reconoce la existencia de tres leyes dentro de las que incluye una especie de opinión pública (la ley divina, la ley civil y la ley de la opinión o la reputación), Hume declara que el gobierno sólo se basa en la opinión. Llega Rousseau, y con él, la primera vez que se acuña explícitamente ya el término Opinión Pública (4).

Es justamente Rousseau quien con estas condiciones históricas ve con brillante claridad la ruptura inseparable entre el hombre y la naturaleza. No se trata ya, a esta altura de la historia, de subsanar esa separación insalvable que impidió al hombre percibir el mundo de una manera inmediata. A estas alturas, el problema tiene otro protagonista: las contradicciones internas del Estado civil:

“Salvar al individuo (…) Cuando el ideal de colectivizar las tendencias naturales –y entre ellas la fundamental e indestructible es el amor a sí mismo-, transmutándolas en las más altas virtudes, ya no es viable; cuando se ha hecho imposible la perfecta coincidencia entre el interés particular y el común, el individuo no tiene más opción que la de procurar recuperar sus primitivas virtudes naturales. Cuando ya no es posible ser ciudadano, en el sentido elevado y exigente en que Rousseau entiende esta palabra, hay que procurar, por lo menos, ser hombre. Para ello, ‘lo que el hombre ha de aprender es a retomar a su propio corazón, a recogerse sobre sí mismo, en vez de dispersarse en relaciones exteriores, a encontrar en su intimidad la fuente de todo bien y de toda dicha’” (5).


Notas:

(1) El Nuevo Espacio Público. Cap. I. Las transformaciones de la publicidad política. Jean-Mar Ferry. Editorial Gedisa. Barcelona 1995. Pág. 14.

(2) Historia y crítica de la opinión pública. J. Habermas. Editorial G. Gili (1994). Pág. 57.

(3) Esta aseveración puede estar viciada del pecado del reduccionismo. Sin embargo, y en el mismo sentido que la nota 5, se intenta ver estas categorías como unidades totales a través de la historia para descifrar, justamente, la forma en que las sociedades se hicieron más ‘abstractas’ (si se permite el término) y se separaron la cosa de la acción y del pensamiento de una manera irreconciliable.

(4) “Según Rousseau, el Estado se construye sobre tres clases de leyes: el derecho público, el derecho penal y el derecho civil. Después explicaba: ‘Además de estas tres clases de leyes hay una cuarta, la más importante, que no está grabada en mármol o en bronce, sino en los corazones de los ciudadanos; que forma la verdadera constitución del Estado; cuya fuerza se renueva cada día; que vivifica o reemplaza a las otras leyes cuando envejecen o desaparecen; que mantiene en el pueblo el espíritu de sus instituciones originales y sustituye imperceptiblemente la fuerza del hábito por la autoridad. Me refiero a los modales, la moral, las costumbres y, sobre todo, a la opinión pública”. (La Espiral del silencio. Opinión Pública: nuestra piel social. Elisabeth Noelle-Neumann. Editorial Paidós. (1995). Pág. 113.

(5) Introducción al Contrato Social de J.J. Rousseau, por Antonio Rodríguez Héscar. Hyspamérica. Ediciones Orbis (1984).